Haga un pequeño ejercicio de memoria y recuerde qué hizo con su primer teléfono móvil, aquel contundente zapatófono que hoy más parecería un arma de defensa personal que un artilugio para la comunicación entre las personas. Curioso: es probable que aún esté acumulando polvo en algún cajón de casa, a pesar de que ni en la más dramática de las circunstancias prevea ponerlo de nuevo a funcionar. Usted jamás aspirará a la medalla al mérito ecologista, pero ya en su día intuyó que aquel trasto no debía acabar sus días en el cubo de la basura
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